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- Francisco Vazquez Murillo -
Cruzar el río
 

Diez mil años atrás dejamos de ser nómades y comenzamos a asentarnos en lugares. Después de caminar por millones de años, dejamos de perseguir los climas benévolos para la vida y la caza.

 

Por generaciones y generaciones caminamos como animales en migración, sometidos a la fuerza de los elementos. Guiados por el sol y por aprendizajes pasados recorrimos miles de kilómetros de tierra, arena, rocas, vegetación, nieve, hielo y montañas. El paisaje se transformaba continuamente. 

 

Aprendimos a combatir y cazar animales. Tallamos piedras, inventamos lanzas, trampas, arcos, redes y flechas. Empezamos a cocinar la carne. Abrimos nuevos caminos explorando lo desconocido. El territorio era el espacio caminado hacia un próximo destino y luego el paisaje quedaba en el recuerdo: los senderos de los animales, algo de los atardeceres, la cueva, el miedo a la noche y el frío. 

 

Paso a paso una huella interior se fue moldeando. En la inmensidad del paisaje inventamos las imágenes y los pensamientos que se preguntaban por lo desconocido que nos rodeaba. 

 

Un clima más templado y benévolo nos abrió una brecha en el camino de la supervivencia. Los mares subieron. La comida abundaba. Lxs caminantes poco a poco empezaron a permanecer en un mismo lugar a través de las estaciones. 

 

La sensación de los pies pisando la tierra, la posición del sol, el cambio constante del paisaje, la sensación de la atmósfera sobre el cuerpo. El olfato, la fuerza, el hambre, el frío, el miedo, las moscas, las enfermedades. La sabiduría de cientos de generaciones de antepasados nómades comienza a replegarse sobre el cuerpo como el follaje al final de un camino. 

 

Roca sobre roca, ladrillo sobre ladrillo, las primeras casas estaban una muy cerca de la otra. Unidas con sus muros de piedras circulares, casi juntas en la ladera de un valle. El cereal que cultivamos transformó nuestra vida para siempre. La carne del ganado permitió pasar las estaciones frías. Hicimos trabajar a los animales. Construimos una molienda con piedras pesadas y también sistemas de riego. La técnica evolucionó con las herramientas. Perfeccionamos vasijas, cacharros y el manejo del fuego dentro de las casas. Comenzamos a atesorar objetos, y aprendimos a protegerlos. Había que cuidar lo ganado. Las familias crecían y mientras más éramos, más tensiones aparecían. Pero el poblado y los alrededores eran un lugar más seguro que los caminos repletos de animales feroces y las inclemencias que dominaban el paisaje abierto. 

 

Los calendarios organizaban las siembras, las cosechas y los rituales. El movimiento del sol y de las estrellas, las lluvias y el caudal del río eran esfuerzos que debían celebrarse. El bienestar no dependía únicamente de nuestro trabajo sino del contento y la bondad de la madre tierra y de la ayuda de nuestros antepasados, los muertos. Durante el invierno los pastores caminaban con el ganado a zonas más templadas, trayendo noticias de otros lugares. 

 

Piedras altas comenzaron a ser transportadas desde un lugar a otro y erigidas como obeliscos prehistóricos a la vera de caminos o en sitios mágicos. Otras fueron organizadas en grandes grupos, en espacios apartados de los poblados. El traslado le daba un nuevo sentido a la piedra, a quienes la movían y al lugar elegido. Un esfuerzo grupal titánico emprendido por la determinación de un brujo o por obra y pasión de los clanes de la región.  

 

Una vez enterrada, la piedra transformaba el paisaje. Como un objeto artificial generaba un centro y traía una conexión con lo evidente. Las piedras sobre los pastos como árboles inmóviles, como objetos sin tiempo, como un portal a otros mundos. Una construcción para honrar a los muertos, para anclarlos a la tierra. 

 

El espacio que las rodeaba era el sitio de una conexión olvidada. El movimiento, una pequeña demostración de grandeza, un desafío de lo posible, un sueño de eras.