Artistas: Francisco Vazquez Murillo, Alejandra Mizrahi, Julia Rossetti, Constanza Chiappini, Gonzalo Maggi, Francisco Rigozzi, Malcon D´Stefano. 

17/05/2019 - 27/06/2019

Cuenta la historia del comienzo que hubo un tiempo donde todas las personas estaban unidas con el fin de construir una única torre para llegar al cielo. En la cima, los últimos ladrillos eran de color celeste, para confundir su punta con el abismo celestial. Del barro comenzaron a hacer los ladrillos y a apilarlos hasta que Dios envió un rayo para derribar la torre y confundir a sus obradores. De esa confusión surgieron las diferentes lenguas y, al no poder comprenderse, las personas se dispersaron por la Tierra dejando la torre abandonada y en ruinas. Así, estiraron banderas sobre otras banderas que no decían nada y olvidaron sobre la planicie los tejidos que los unían. Las ruinas quebradas como cerámica y vueltas a unir como rompecabezas, encriptaron la única sabiduría, dejando en el horizonte escaleras encastradas para desorientarnos entre subidas y bajadas a ningún lugar.

 

Más cerca en el tiempo, navegando en el Espacio tras haber buscado formas de vida desconocidas, la única sobreviviente de una tripulación se entrega al sueño frente al volante, junto a quien podrá atravesar los portales de los tiempos: un gato. En diferentes culturas, los gatos, místicos y sabios a la vez, son quienes pueden entrar y salir de la dimensión de la vida y de la muerte. En el Tarot más antiguo, la carta de La Fuerza lleva dibujada a una mujer que con sus propias manos toma la boca de un león. Despojada de cualquier utilería, lo seduce para hurgar entre sus dientes y encontrar la llave de la sabiduría. Su cuerpo humano, tanto más animal, ha entrado en compromiso mutuo con el león, incorporándose a él para danzar entre colmillos.

 

Hace un tiempo circuló por las redes un video que mostraba al Sol y al sistema planetario viajando en espiral hacia el centro galáctico, mejor conocido como agujero negro. Un punto que simboliza todos los no saberes de nuestra conciencia. Detrás de él se dibujaba una huella de polvo estelar que vista desde la Tierra nos convertía en una estrella desvaneciéndose en el tiempo. Entre sus destellos y mareados en la espiral, nos paramos sobre el piso de esta sala y frente a nosotrxs, sobre la pared, encontraremos múltiples ventanas espaciales. Quizás distingan a las tripulaciones navegando o a los planetas orbitando alrededor de otros. Viajando al corazón de lo desconocido, a nuestro alrededor yace el recuerdo del león, las banderas y los tejidos, las vasijas como ruinas, las inscripciones vandálicas y el misterio, que aún aguarda hambriento en los lugares más recónditos de nuestra existencia.


 

Agustina Leal