un anverso y un reverso

Lo doble no desde una mirada binaria, no hay dos cosas peleándose sino una sola cosa respirando en dos direcciones.

Lo doble pensado como anverso y reverso implica algo clave: Son inseparables, aunque nunca visibles al mismo tiempo. También la trampa de querer elegir uno es quedarnos con una sola cara: la luz sin sombra, la razón sin duda, la calma sin fuego. Pero eso no es integración es amputación. En algunas escenas de la vida el anverso es funcional a mostrarse, decidir, hablar, avanzar. En otras el reverso es el que sabe esperar, escuchar, dudar, correrse un poco. El anverso y el reverso no compiten, se exploran, se confunden incluso. Es un territorio donde la identidad no tiene que rendir cuentas. La libertad no es general, es contextual.

Lo doble no es contradicción es tensión; estamos diciendo que no hay un error que resolver, sino una fuerza que sostener. La contradicción pide solución, la tensión pide presencia. Desde esta mirada lo humano no es coherencia perfecta sino continuidad entre opuestos. Conviven. El anverso afirma y el reverso sostiene.

Lo doble le permite a Mara reflexionar sobre un plano histórico-ontológico en sus obras. Acá la metáfora ya no es solo íntima, es civilizatoria. Si lo pensamos desde lo doble como anverso y reverso, no estamos hablando de dos culturas "opuestas" en abstracto, sino de dos maneras de habitar el mundo, dos formas de responder a una misma pregunta: ¿qué es la naturaleza y cuál es mi lugar en ella? En el anverso lo europeo se lee como una apropiación, un dominio. El mundo es algo exterior a mí, disponible para ser conocido, poseído y administrado; la tierra es algo que puede tener un dueño, se pueden construir límites. En este contexto la naturaleza pasa a ser la materia prima. En cambio en el reverso nativo es donde se establece el vínculo, la movilidad y la escucha. La naturaleza no es un alguien múltiple son presencias con las que se convive, se negocia y se agradece. Por eso el nomadismo no es un símbolo de precariedad sino la ética del no-apropiarse.

El moverse cobra sentido para no agotar, para no fijar dominio ni romper el equilibrio. Acá la tierra no se posee porque no está separada del cuerpo ni del tiempo.

Lo doble trata de reintegrar la tensión. Una escucha humana sin expulsión de lo no humano se comparte aceptando que siempre todo fue doble, que no se impone por la fuerza, sino por naturalización. Por tales motivos podemos pensar lo humano como el primer territorio colonizado en donde se trata de devolverle a cada uno su lugar: el cuerpo como anverso -experiencia viva- y la razón como reverso-sostén-. Convertir lo corporal en racional puede ser una forma de no habitarlo del todo.

A veces la colonización más persistente no es la del suelo, sino la del modo de mirar y se refiere a algo profundo y silencioso: la ocupación de la percepción.

Fabián Carrere