“Under Black Waters, Clocks Run Slowly” habita un espacio en suspenso donde la memoria, el lenguaje y la percepción se vuelven fluidos. Las obras presentadas navegan por un territorio donde el tiempo ya no es lineal; en cambio, se acumula, fractura y ralentiza hasta alcanzar un ritmo imperceptible. La muestra toma su título de dos fuentes que en su distancia reverberan: un cuento de Las cosas que perdimos en el fuego, libro de la escritora argentina Mariana Enriquez, y un principio fundamental de la teoría de la relatividad de Einstein: “los relojes en movimiento corren más lento”. Juntas, ambas referencias evocan realidades sumergidas, distorsiones silenciosas y derivas temporales.

Esta colaboración entre Intemperie, una galería con base en Buenos Aires, y el curador inglés Leo Babsky reúne a cuatro artistas argentinos y un artista chileno cuyas prácticas —que abarcan la pintura, la escultura, la instalación y la fotografía— se nutren de la tensión entre lo visible y lo oculto. Historia, arquitectura, tiempo y lenguaje se vuelven fuerzas entrelazadas, revelando narraciones que flotan entre el pasado y el presente, entre el recuerdo y el olvido.

Arraigado en las tradiciones políticas y espirituales de las culturas afroindígenas de América, el trabajo de Bernabé Arévalo (ARG) investiga la reencarnación y la migración como portales para las expresiones contemporáneas de las identidades negras en Argentina. Acechando la exhibición, sus pinturas densas y dinámicas evocan aves que surcan el espacio; esta representación híbrida del pájaro sagrado proveniente de varias culturas originarias, y su conexión con el territorio y la migración, hacen del vuelo tanto un movimiento de escape como de regreso: un ritmo cíclico que reverbera con las temporalidades suspendidas y la metamodernidad, temas centrales en esta muestra.

Felipe Pineda (CHL) busca entender cómo nos afectamos mutuamente en las relaciones interpersonales, abordando temas como la intersubjetividad, los malentendidos, el lenguaje, el desplazamiento y la distancia geográfica, y las formas en que estos aspectos moldean nuestras realidades sociales y personales. To hello and goodbye (Para el hola y adiós), exhibida aquí, captura la añoranza y la disonancia de la dislocación cultural; reflexiona sobre el lenguaje corporal como herramienta de comunicación cuando no es posible hablar o cuando no se entiende el idioma. Inspiradas en la experiencia del artista como estudiante en tierra extranjera, comunicándose en otro idioma en un contexto que no entiende del todo, estas esculturas muestran situaciones ambiguas de comunicación paraverbal entre dos personas, explorando las dimensiones de la acción y la distancia. A la vez, exploran la noción del tacto; están diseñadas para ser tocadas, aunque su condición de escultura no lo permita: un comentario irónico sobre el fracaso del entendimiento y las señales contradictorias.

Borrar y tapar son dos gestos inherentes a la pintura que habilitan a Julieta Barderi (ARG) a desarrollar una imagen construida en la acumulación de capas. Una expedición animista en un mundo inactivo, la pintura monumental de Barderi aquí exhibida, muestra un páramo acechado por las ruinas y los restos de una civilización humana quizás ya desaparecida. En resonancia con los apéndices aislados de Felipe Pineda, las obras de Barderi también están plagadas de fragmentos corporales, evocando los exvotos —una ofrenda devocional presentada a un santo o deidad en señal de gratitud, que a menudo son reproducciones pintadas o modeladas de la parte del cuerpo que ha sido milagrosamente curada— impregnando así las obras de una reverencia casi religiosa.

Lulú Lobo (ARG) también rastrea el lenguaje a través de gestos, repeticiones y ausencias. Sus obras —delicadas, fragmentadas y silenciosamente resistiendo la categorización— oscilan entre ornamento y estructura, entre dibujar y desaparecer. La práctica de Lobo es un ida y vuelta de impresiones y gestos; huellas y fragmentos revolotean en sus suaves obras, evocando un mundo moldeado ya no por lo que se dice, sino por lo que se resiste a ser articulado.

Gonzalo Maggi (ARG) sitúa sus fotografías en una zona liminal entre la ficción y la documentación, el retrato y el paisaje. Con una puesta en escena cuidada, pero emocionalmente distantes, sus imágenes evocan un momento suspendido: la calma previa o posterior a algo que no puede nombrarse. Iluminadas por los grises planos y metálicos de la penumbra, sugieren un mundo en pausa, que contiene la respiración. Aquí el tiempo no está detenido con claridad, sino embotado, como si se percibiera a través de un vidrio grueso o bajo el agua: distorsionado, letárgico y espectral.

Juntos, estos cinco artistas conjuran un terreno compartido donde las historias están semihundidas, los gestos ondulan a lo largo del tiempo y la superficie nunca está del todo quieta. “Bajo aguas negras, los relojes corren lento” no trata de la claridad sino de dar lugar a lo turbio, lo fragmentado y lo efímero.